EL DISCURSO PÚBLICO COMO SÍNTOMA Y COMO FUENTE DE LA CONSTRUCCIÓN SOCIOPOLÍTICA DEL SENTIDO Y DE LA IDENTIDAD SOCIAL

“Tenemos que imaginar a Sísifo contento y libre”

A. Camus


Los seres humanos en tanto seres simbólicos existimos en un entorno semiótico, lingüístico, material e histórico. Cargamos con la herencia de nuestro pasado y sobrevivimos, entre otras cosas, porque negociamos sentidos en nuestro entorno social. Ese proceso de negociación está marcado por la matriz de nuestra lengua y por los instrumentos de que disponemos para usarla. Pensar el presente como una red de relaciones entre organizaciones sociales inocentes de intenciones políticas, sin fines económicos y libres de ingerencia en la construcción de la subjetividad de las personas que están en contacto con ellas, es por lo menos una ingenuidad. Los medios masivos no escapan a esta descripción y por eso queremos revisar algunos principios de su análisis.

Hace diez años, en El Discurso de la Información -un texto que se ha vuelto clásico en las cátedras de Ciencias de la Comunicación- Patrick Charaudeau exponía con inusitada convicción la necesidad de abordar el análisis de los medios masivos desde un punto de vista llamativo, al afirmar que se debía “comenzar por desarmar algunos embustes” (Charaudeau, 1997). Dichos embustes eran presentados como verdades axiomáticas que era imprescindible desactivar para entender dichas organizaciones. Estos engaños tenían como resultado, en el análisis del autor, varias proposiciones que resumían la negación de aquellas verdades axiomáticas y que eran presentadas a su vez como principios rectores en el análisis de los medios. Estos principios que presentaban la visión del autor sobre el tema eran los siguientes:

1.       los medios no son una instancia del poder.

2.       los medios manipulan, tanto como se manipulan.

3.       los medios no transmiten lo que ocurre en la realidad social, sino que imponen lo que construyen del espacio público.

Parafraseando al autor, podríamos agregar una cuarta instancia que el mismo obvió en su momento pero creemos que es necesario reponer para enfocar correctamente la cuestión:

4.       los medios de comunicación son medios de comunicación.

Antes de ocuparnos de estos postulados es  necesario plantear el marco desde el que los analizaremos. En ese sentido nuestra posición se construye desde el siguiente horizonte conceptual:

La vida organizada en sociedad es el producto de una concentración de sentido alrededor de unos ciertos principios. Cada época y cada sociedad le impone límites y le otorga espacio a diferentes posibilidades del sentido. De hecho, podría describirse la cultura de una sociedad por los límites que le impone a lo decible.  Porque precisamente, esos límites son también los límites de la realidad. La realidad no es sólo unas ciertas condiciones materiales objetivas, es también y sobre todo una manera de percibir y entender esas condiciones. El sentido entonces, nunca es absolutamente libre en su producción y en su recepción, porque es siempre el sentido posible, situado e histórico y no otro.

Si el abordaje de los medios se sitúa en los parámetros arriba descriptos, algo se nos escapa. Un concepto no es otra cosa que una concentración de sentido, producido históricamente y con fuerza de imposición (Kosellek, 1986) y nos permite referirnos a personas, objetos o cosas desde un entorno cognoscitivo en el que la explicación del mismo se vuelve trivial. Un concepto define, recorta, determina, impone los parámetros de su interpretación y a la vez los instala como supuestos de toda interacción comunicativa en la que intervenga. De allí su poder y su fuerza de imposición. De allí   su fuerza performativa.

De esa manera y ya ocupándonos de los postulados arriba citados, podemos afirmar que si no desarmamos el sintagma medios de comunicación caemos indefectiblemente en su trampa conceptual, porque aceptamos una descripción del objeto que no es necesariamente verdadera. Nuestro punto cuatro se hace cargo de esa situación al suponer que los medios masivos son medios de comunicación. No nos engañemos, la comunicación como fenómeno y como categoría teórica -desde hace más de cincuenta años- supone al diálogo como condición necesaria para hablar de comunicación, de lo contrario, sólo estamos en presencia de un fenómeno diferente: la transmisión. El llamado modelo de código de Shanon y Weaver (1949) supone un envío de información a través de un sostén material que le permitirá al destinatario decodificar la información, siempre y cuando posea el código adecuado para tal fin, cerrándose así el circuito iniciado en el emisor.  La diferencia no es trivial, ya que de aceptar la homologación de transmisión a comunicación ocultaríamos la naturaleza del fenómeno que las distingue. Dicho fenómeno es el de la interacción lingüística. Toda interacción se sostiene en la diferencial de poder que las instancias de enunciador-enunciatario suponen. Quien hace uso de la lengua está en una posición de poder con respecto a quien escucha, no por  las determinaciones contextuales, sociales, políticas, económicas o culturales que lo rodean, sino por la naturaleza misma del proceso de interacción lingüística. El que habla manda, el que escucha obedece, simple, pero crucial.

Se nos hace evidente ahora la razón por la que Charaudeau nada dice al respecto en sus postulados para el análisis de los medios. Si se centrara en la dimensión lingüística de la actividad de los medios masivos, su primer postulado –los medios no son una instancia del poder-   caería por su propio peso. Los medios son una instancia del poder precisamente porque su actividad se centra en la producción simbólica-lingüística, más allá del contenido de los enunciados que produzca. Los medios masivos no pueden ser otra cosa que una instancia del poder, por la posición que adoptan sistemáticamente en el par enunciador-enunciatario. El medio no dialoga, no escucha, no se plantea su lugar en la interacción como un extremo del proceso interactivo, transmite ciegamente, construyendo una parodia de la comunicación mediante la constante autorreferencia como instancia de comunicación. Además, carece de responsabilidad social, o al menos, no puede exigírsele semejante cosa, porque es una empresa con fines económicos y a la vez, un instrumento con fines políticos. De allí que el segundo postulado –los medios manipulan tanto como se manipulan- es de una liviandad ética que raya en el insulto. El medio es manipulado por la necesidad de llegar al mayor número de personas que pueda y por ello se ve compelido a utilizar una hipótesis baja de conocimiento para dirigirse a sus “blancos” dice Charaudeau. Es decir, supone un enunciatario con escaso nivel de conocimiento, heterogéneo, difuso, y virtualmente idiota decimos nosotros. Con lo que el manipulado sería el medio y no sus destinatarios. Esta elección del tipo de blanco libera al medio de toda responsabilidad ética, ya que se somete a la necesidad económica de la supervivencia, como parámetro de existencia, como si no existiera otra posibilidad de elección, y como si la actividad del medio fuese independiente del proceso de interacción lingüística. Si el medio dialogara, podría adecuar su palabra a las diversas situaciones posibles, de manera dinámica y flexible, pero como es una especie de máquina autista, elige un parámetro de transmisión fijo y no se mueve de allí. Ni siquiera la tele-pantalla de Orwell era tan primitiva y falaz. La tele-pantalla vigilaba explícitamente, en cambio, el medio vigila, pero lo hace de modo soterrado y sutil desde la imposición de los supuestos sociales, culturales, políticos y económicos que determinan su utilización de la palabra pública, sobre un trasfondo en el que se dibuja claramente un proceso de reafirmación conservadora del “sentido común social”. El “semantismo social” del que alguna vez habló Benveniste (1985) ya no es un proceso espontáneo. Y aunque quizás nunca lo haya sido,  hoy  revela su construcción de la manera más cruda, al invadir sin piedad hasta los resquicios más profundos de la subjetividad. El medio imprime sobre la sociedad no sólo una colección infinita de enunciados, sino también una matriz de enunciación en la que tarde o temprano, la palabra efectivamente dicha comparte su poder configurador del mundo con lo implícito. Y lo implícito no se discute, porque ni siquiera ha sido dicho. Es parte de la naturalización de las relaciones sociales (Marcuse, 1975) que el medio supone, sostiene y configura. Así, el medio masivo se convierte explícitamente en forjador de subjetividades, en tanto matrices de identidades y actitudes sociales.

Finalmente, el tercer postulado –los medios no transmiten lo que ocurre en la realidad social, sino que imponen lo que construyen del espacio público- merece especial atención. Que el medio recorta la realidad es obvio. Lo que no es obvio es que ese recorte se construye sobre la violación constante y sistemática de lo que la lingüística interaccional llama el principio de relevancia (Sperber y Wilson, 1994) según el cual en toda interacción comunicativa existe una pretensión de modificar el contexto inmediato del destinatario, para lograr un efecto en su entorno cognoscitivo, efecto que se sostiene en el presupuesto de que la información transmitida debe ser pertinente. Más allá de los problemas de traducción que presenta el término relevance utilizado por los autores citados arriba, y que muchas veces ha sido interpretado no como pertinencia, sino como importancia, lo cierto es que los medios arrojan a la sociedad su información no como un recorte, sino como lo real. Ningún medio enuncia su mensaje como un recorte, sino como una totalidad de sentido cerrado, indiscutible  y estático que se sostiene también en la naturalización enajenante de las relaciones sociales.

De hecho, no es difícil sostener que en términos de conciencia, los hombres poseemos una capacidad determinada por nuestros sentidos para percibir la realidad. Y que esa realidad siempre está mediada por lo que estos sentidos nos entregan. Es discutible la idea de que somos capaces de poseer una experiencia inmediata del mundo. Pensamos que, en efecto, el mundo se presenta a nuestros sentidos como una representación, mediada y construida con el lenguaje y que por ello, nuestra experiencia del mundo es experiencia de la palabra mediadora, antes que del mundo mismo. Esa mediación la ejecutan las instituciones sociales que, en tanto seres humanos, hemos desarrollado a lo largo de nuestra historia. El Estado, la Ley , la Religión , la Educación , el Arte y el propio Lenguaje son las instituciones puestas al servicio de esa mediación que podemos llamar cultura. No hay cultura sin Lenguaje, porque no hay humanidad sin Lenguaje (Benveniste, 1985) y sin la posibilidad de que ese Lenguaje se ponga al servicio de nuestra capacidad de generar sentido. Sin embargo, en nuestra contemporaneidad de ralea urbana y globalizada convivimos con un entorno en el que nos vemos sometidos al imperio de la palabra ajena. A veces, esa palabra ajena es la del  Estado y de las corporaciones que este representa, y a otras muchas veces, es directamente la palabra de esas corporaciones privadas disfrazadas de sentido común, lo que se instala en la sociedad como un enunciador privilegiado de la palabra pública. Evidentemente, uno de los instrumentos corporativos más poderosos de nuestro tiempo son los medios masivos. Desde ellos y desde las demás organizaciones sociales se genera una matriz performativa para la percepción y para la mediación lingüística de la realidad, que deriva indefectiblemente en un “modo de ser en el mundo” del sujeto. Este “modo de ser en el mundo” no es otra cosa que una porción importante de su identidad social e individual.

En ese sentido, si bien, las nociones de tiempo y de espacio se construyen desde la experiencia de la enunciación como parámetros de la ubicación del enunciador en su discurso (Benveniste, 1985), al estar éste sometido al bombardeo constante y exógeno de performatividades extrañas, el sujeto se rinde ante la imposición mediática que configura una imagen del mundo orientada hacia una degradación perpetua de la realidad en la homogeneidad. Esta caída en la homogeneidad puede ser descripta como una institucionalización verbal de relaciones sociales y como el resultado de un proceso de naturalización de esas mismas relaciones sociales.

Ahora bien, si como decía Sartre “El hombre es el único que no sólo es tal como él se concibe, sino tal como él se quiere, (...) el hombre no es otra cosa que lo que él se hace (...) Esto es lo que también se llama la subjetividad. El hombre es ante todo un proyecto que se vive subjetivamente” (Sartre, 2005) ¿Qué sucede entonces con nuestro hombre sometido al imperio de los medios masivos y a las demás instituciones sociales? Posiblemente, la respuesta está en la explicación de nuestro epígrafe. Como sabemos Sísifo fue condenado a empujar una piedra hasta la cima de un monte, la piedra una vez llegada a la cima se desmorona barranca abajo para que Sísifo reinicie su inútil tarea una vez más, y así hasta el fin de la eternidad.  Si imaginamos la condena como la naturalización de las relaciones sociales, aceptamos con Camus la figura de Sísifo como el héroe de nuestro tiempo: “Sísifo es el hombre que para toda la eternidad tiene un trabajo que sabe fútil y que nunca llegará al final, y que sin embargo, sigue realizando. Acepta la funesta vacuidad de su destino y al hacerlo acepta el trabajo que le imponen los dioses como una decisión propia. Ha hecho su elección, ha decidido: “Voy a hacerlo, aunque sé perfectamente que no me hará ningún bien, ni a mí ni a nadie” Y Camus concluye con una terrible y terrorífica frase: “Tenemos que imaginar a Sísifo contento y libre” (Marcuse, 1975) ¿Por qué contento y libre? Porque ha entregado su voluntad a la voluntad ajena de los dioses y experimenta esta entrega como una gesto necesario de su voluntad que lo libera de la responsabilidad de configurarse como una subjetividad en desarrollo. Su proyecto de vida se cristaliza en la voluntad ajena del mandato y elige como propio un proyecto que le es extraño, pero definitivo.

A fines de 2007 decíamos para cerrar este trabajo: “La pregunta por el destino de Sísifo es la pregunta por nuestro propio destino. A nuestro alrededor los medios invaden nuestras vidas como una imposición indefectible y el Estado Nacional se asume a sí mismo como el único capaz de dar sentido no sólo al presente, sino también a la historia y al futuro. El Estado Nacional parece no concebir la idea de un afuera para sus principios e ideas políticas, económicas, sociales y religiosas. Sólo hay un adentro, cada vez más difuso, cada vez más frágil, cada vez más patético, que se acerca rápida e inevitablemente a la disolución. El Estado “hace como qué”. Hace como que le  devuelve la memoria a la sociedad (sin lo cual es imposible no sólo el futuro, sino el presente) y con precisión eleccionaria los fantasmas vuelven a la calle para militar a favor del proyecto político que hoy rige al Estado Nacional: la E.S .M.A. convertida en Museo de la Memoria , Rodolfo Walsh postulado como el escritor nacional para este tiempo, los mártires de Trelew, las víctimas de Von Wernich. Pero en realidad, nada se discute. Porque los límites para lo decible son demasiado cercanos y estrechos. Si no fuera así, hoy quizás estaríamos discutiendo acerca de la legitimidad de la violencia como vía política y no sobre esa apariencia de la acción que representa el “como qué” del Estado Nacional actual.”

Esas palabras ya son viejas como profecía, porque el solipsismo comunicacional del Estado Nacional estalló efectivamente en mil pedazos, ante el poder de fuego de los medios masivos y su feroz defensa de intereses oligopólicos y corporativos, durante los distintos conflictos a los que el Estado Nacional y los dueños de cosas sometieron a la sociedad argentina durante el 2008. Lógicamente, la relación entre los medios masivos y los sujetos individuales sigue siendo la misma, aunque la manipulación de la información sea ahora explícita, abierta y directa. Y así, diga lo que diga, y haga lo que haga el Estado Nacional durante los próximos eternos tres años será virtualmente destrozado por los medios, porque los límites de lo decible en nuestra sociedad han cambiado abruptamente y han virado de la reivindicación de un país que no fue, a causa del último golpe de estado, a la nostalgia explícita por las rupturas del sistema democrático y sus “virtudes”: “la seguridad” y “el orden” a cualquier precio.   

Y así volvemos como Sísifo al punto de partida. La realidad no es sólo unas ciertas condiciones materiales objetivas, es también y sobre todo una manera de percibir y entender esas condiciones. Los medios masivos hoy, como en ninguna otra época de la historia, imponen los parámetros de construcción de una realidad en la que la subjetividad empobrecida y mitigada del hombre se ve sometida a condiciones de existencia in-humanas. Trágicamente, estas condiciones de existencia in-humanas son apenas perceptibles desde las matrices culturales, sociales, simbólicas e individuales del presente.


Presentado en el III Congreso Interoceánico de Estudios Latinoamericanos 2007

REFERENCIAS

Benveniste, Emile: Problemas de Lingüística GeneraI Il. Siglo XXI. México.1985.

Charaudeau, Patrick: El Discurso de la Información. Gedisa. Barcelona. 2003.

Koselleck, Reinhart: Futuro Pasado. Paidos España. 1986

Marcuse, Herbert: La Sociedad Carnívora. Eco Contemporáneo. Bs. As. 1975.

Picard, Dominique: La Interacción Social : Institución y Comunicación. Paidós. Barcelona. 1992.

Sartre, Jean-Paul: El Existencialismo es un Humanismo. Edhasa. Barcelona.2005.

Shannon, C.E. y Weaver, W.: The Mathematical Theory of Communication.  Illinois University Press.  Illinois. 1949.

Sperber, Dan y Deirdre, WILSON. Relevancia. Visor. Madrid. 1994