Entrevista a Martín Kohan (15-06-2008)

Martín Kohan nació en Buenos Aires, en enero de 1967. Publicó los libros de ensayo  Imágenes de vida, relatos de muerte. Eva Perón, cuerpo y política,  Zona urbana. Ensayo de lectura sobre Walter Benjamin  y Narrar a San Martín. Es autor también de los libros de cuentos Muero contento y Una pena extraordinaria; y de las novelas La pérdida de Laura, El informe, Los cautivos, Dos veces junio, Segundos afuera, Museo de la Revolución y Ciencias Morales. En noviembre de 2007, recibió el Premio de Herralde de Novela.

Definimos de modo muy general el campo de interés de esta revista: la escritura y la lectura. Al pensar en una entrevista a usted, y en pos de restringir en la medida de lo posible el alcance de las preguntas para darle ocasión de que se explaye, decidimos interrogarlo solamente sobre la cuestión de la lectura. Sin embargo, esta restricción no garantiza de ningún modo la concisión porque la lectura se presenta como precondición de varias de las prácticas que usted realiza: a saber: docencia, investigación, crítica literaria, escritura literaria. ¿Hay distintas funciones de la lectura en virtud de cada uno de los roles mencionados?

Centrándonos en su rol como docente y acercándonos más a la relación entre lectura y educación quisiéramos conocer su opinión acerca del rol que juega la teoría literaria en la enseñanza de la literatura.  Más específicamente y dando por supuesta su predilección por W. Benjamin, ¿cree que hay un enfoque teórico más productivo para leer y enseñar a leer literatura?

No creo que haya un enfoque teórico que sea de por sí más productivo que otros. Un mismo enfoque puede resultar muy enriquecedor o muy estéril, según la manera en que se lo considere y se lo articule. Tampoco creo que haya que poner siempre en primer plano un determinado enfoque teórico, yo diría que depende del caso de que se trate (depende de lo que se esté enseñando y depende del ámbito en el que se esté enseñando). En todo caso, sí creo que al enseñar se está siempre y necesariamente poniendo en juego una determinada concepción de la literatura. Y que conviene ser honesto, con uno mismo y con los estudiantes, dejando ver cuál es esa concepción que de hecho se está poniendo a funcionar, en lugar de naturalizarla como “la” literatura, la única manera posible de entenderla o encararla. La teoría literaria puede ser muy útil, y hasta indispensable, para poner en claro este aspecto: qué presupuestos sobre la literatura se están manejando, a qué modo de concebirla se está recurriendo al leer (qué se lee, qué no se lee, cómo se lee, contra qué, por qué).

En sus “Notas sobre el canon” [1] usted señala que la conformación del canon de la literatura argentina del siglo XIX está fuertemente determinada por “el ciclo histórico de la política”. Una elite selecciona un repertorio de textos cuyos valores apuntalan procesos políticos de consolidación de la identidad nacional. Se ve entonces que la lectura de textos literarios tuvo (para bien y para mal) una función definida. Pero en la actualidad, según usted mismo señala, la literatura ha perdido la capacidad de incidir de manera decisiva en los sujetos, de transmitir valores, de “importar”. ¿Habría que devolverle a la lectura una función “fuerte” o es que esa función de transmisión de valores fue reemplazada por otras prácticas? ¿Y si esto es así, si lo que antes hacía la lectura de textos literarios hoy lo puede hacer la televisión u otras prácticas, que valor tiene la lectura hoy, qué función, en qué medida es necesaria, por qué produce tanta alarma que los jóvenes y la sociedad  en general no lean?

Me parece que hay que distinguir las respectivas condiciones históricas. El carácter netamente político de las operaciones literarias en el siglo XIX no responde a una cierta voluntad de politización, sino al hecho objetivo de que las prácticas literarias no se habían autonomizado todavía de las prácticas de la política. Esas esferas no se habían separado todavía, no por lo menos como lo harían hacia finales del siglo XIX; por lo tanto más que una decisión de politización lo que se producía era una mixtura propia de las circunstancias y de las condiciones sociales de la escritura, en las que la separación de prácticas específicas, un aspecto propio de la modernización, no se había verificado todavía o no se había completado por lo menos.

Si nos planteamos esa clase de cuestión en el presente, tenemos que empezar por advertir esa diferencia fundamental en cuanto al lugar social que la literatura ocupa objetivamente. Si hay un retroceso social de la lectura literaria, como de hecho parece haberlo, responde a otra clase de factores y no creo que convenga considerarlos desde la añoranza de aquel otro tiempo, cuyas condiciones son bien distintas e irrecuperables por definición.

Yo lamento ese retroceso, y lo considero perjudicial; pero no encuentro la manera de argumentar en favor de la lectura literaria sin incurrir en un registro de prédica moral, un sermoneo inútil. Creo que en el ámbito de la educación hay una fuerte prédica a favor de la lectura, pero no una apuesta a esa clase de irradiación que podría lograrse a partir de una pasión más genuina y más auténtica, menos declarada y en todo caso más ejercida y más perceptible. Concretamente: la mayoría de los padres, y aun de los docentes, que se alarman porque los jóvenes no leen, tampoco leen. Los estudiantes suelen percibir bien esa impostura, porque tienen un detector de hipocresías que es casi siempre infalible.

Una pregunta sobre la circulación de sus textos literarios. Desde La pérdida de Laura hasta Los cautivos sus libros parecían tener una recepción relativamente amplia en el círculo relativamente restringido de la crítica académica y de los demás escritores. Dos veces junio, en cambio, es una novela que, al menos en la provincia de Córdoba y San Luis, está siendo muy leída también en las escuelas secundarias. ¿Por qué cree que ese libro le puede interesar tanto a Miguel Dalmaroni como a un alumno de quinto año del Polimodal? ¿Buscó llegar a este nuevo lector al escribirla?

Yo espero que mis libros lleguen siempre a muchos lectores, pero al escribirlos no busco ni espero a ninguno en particular. El camino que recorre un libro, los lectores que encuentra o desencuentra, son siempre un poco enigmáticos desde mi punto de vista, y personalmente no trato de calcularlos o de preverlos. Es raro, no sé: Los cautivos y El informe, por ejemplo, producto tal vez de alguna confusión ocasionada por la deleznable moda de novelas históricas, encontraron muchos lectores fuera del ámbito de los críticos académicos y de los otros escritores. No sé qué habrán pensado eso lectores al encontrarse con esos libros que no eran para nada eso que se esperaba de una “novela histórica”, pero lo cierto es que tuvieron una circulación muy amplia. Me reconforta que Dos veces junio también la tenga.

Algunos escritores argentinos de su generación dan la impresión de perseguir un público internacional. En pos de ese objetivo, conjeturamos, tienden a neutralizar la lengua, a borrar las marcas del castellano rioplatense a la vez que se mantienen en los límites de géneros que se supone aseguraran un amplio caudal de lectores. Por el contrario usted es un escritor “nacional”, y eso es notable tanto a nivel de la lengua como de las referencias históricas que es necesario actualizar para leerlo: la masacre de Trelew, Echeverría, San Martín, el sargento Cabral, la dictadura militar, Malvinas, entre otros. ¿Por qué cree que sus libros pueden interesar en España y en otras partes del mundo? ¿Ser un escritor argentino, escribir una literatura sobre temas argentinos en una lengua que no pierde sus marcas, que no tiende a la estandarización, conspira o ayuda a la hora de llegar a un público internacional?

Sé que algunas personas están haciendo buenos negocios con la redacción de libros, pero sinceramente no le encuentro demasiado interés al mundo de los negocios. Sé que esos redactores aplanan lenguajes, que insisten en tramas convencionales, que desarrollan casi un instinto para lo más estandarizado; y entiendo que todo eso lo hacen para ganar plata. Es un negocio igual que otros, y ninguno me interesa. Que se quiera hacer pasar toda esa trivial producción de papel escrito como buena literatura ya me parece desleal (desleal tanto comercial como literariamente; lo segundo me aflige más).

Como decía antes, cuando escribo no busco llegar a ningún lector en especial, no hago esas especulaciones. Tampoco estoy pensando en “llegar a un público internacional”. Estoy pensando en escribir lo mejor posible aquello que siento el deseo de escribir. Luego ha sucedido que sí me traducen y sí me leen en otros países, y eso me reconforta porque ser leído es reconfortante. Pero no es el resultado de alguna clase de estrategia. Es algo tan feliz y tan inescrutable como el hecho de que esos libros han interesado.

Quisiéramos terminar con una pregunta sobre la relación entre la teoría literaria y la escritura de ficción. Hay hipótesis opuestas sobre lo que cabe esperar de un novelista que se dedica a la teoría; por un lado, excesivo intelectualismo, obras sólo inteligentes, falta de riesgo, pasión e inventiva. Por otro, alto grado de conciencia literaria, mayor domino de procedimientos literarios, mayores posibilidades de innovar, de dar un paso adelante gracias al fino conocimiento de la historia y las tradiciones literarias. Parece que, ya sea para bien o para mal, el hecho de que un narrador se dedique a su vez a enseñar teoría es un dato de cierta relevancia a la hora de ponderar sus obras. ¿Lo cree así? ¿Cómo funciona esta relación en su caso?

Lamento que haya tantos prejuicios anti intelectuales, me parece un signo de pobreza conceptual. La teoría literaria es uno de los muchos saberes disponibles a la hora de escribir ficción. Lo mismo que cualquier otro saber, puede dar buenos resultados narrativos o no, según cómo se lo emplee y se lo haga funcionar. Se puede escribir con los saberes de la teoría literaria o con los saberes de las hazañas del deporte o con los saberes de una acción política (yo de hecho hice tanto una cosa como las otras); suponer que lo que se escriba en cruce con los saberes de la teoría literaria dará como resultado obras “sólo inteligentes” (¿por qué “sólo”? ¿por qué no “nada menos que”?) o faltas de inventiva supone, desde mi punto de vista, ignorar qué tan inventiva puede llegar a ser la teoría literaria, los riesgos que se pueden correr haciendo teoría literaria. En todo caso se trata de prejuicios, y como tales, no dejan pensar.



[1] “Clase 11: Notas sobre el canon” en el Curso de Lectura, Escritura y Educación. FLACSO 2006.