Tonos, comparaciones y metáforas en “Un solitario” de Sara Gallardo

 

Evangelina Vera Moreno

Instituto de Formación Docente Continua de Villa Mercedes

Resumen

La escritura del cuento “Un solitario” coincide con un momento especial de la vida de Sara Gallardo. Su compañero Héctor Murena, a quien le dedica el texto, estaba cerca de la muerte mientras que en su narrativa buscaba una nueva forma, una nueva manera. Estos dos hechos se encuentran reflejados en el cuento, cuyo estilo responde a esa búsqueda y también a la conciencia de la muerte que la rodeaba, lo que se transforma, por lo tanto, en una interrogación sobre la vida. El cuento se llena de imágenes y recursos líricos para acompañar un realismo íntimo y emotivo, y merece ser recorrido con detenimiento para percibir el profundo contenido estético que conlleva este estilo que conjuga diferentes tonalidades, comparaciones reiteradas y metáforas originales en una trama simple que contrasta con la complejidad del personaje y la riqueza de una prosa que avanza lentamente pero con contundencia y resonancia en cada oración.

 

Palabras claves: Sara Gallardo, cuento, estilo, recursos líricos.

 

 

 

 

 

 

 


El cuento “Un solitario” integra El país del humo libro publicado en 1977 . La poca crítica que existe sobre la obra de Sara Gallardo cree ver allí tres líneas o grupos de relatos: una primera en la que se reelaboran los elementos de los “libros de la patria”, un segundo grupo que describe mundos de apariencia ordinaria en los que de pronto algo los desafía y los hace luchar por su sobrevivencia y una tercera veta de cuentos que implicarían un retorno a cierto realismo casi minimalista, atento a detectar en lo cotidiano parecidos con el poema: este es el caso de “Un solitario”. Se puede observar también la diferencia entre los personajes que habitan el campo y los que sobreviven en la ciudad que son seres desacomodados, perdidos, que no anclan (porque siempre lo están buscando) que ven el entorno con un dejo de extrañeza, este también es el caso del protagonista del cuento en cuestión.

La apreciación que hace Leopoldo Brizuela no es para nada desacertada al advertir el innegable tono lírico que tiene este cuento. Es ese tono lírico el que posibilita que se analicen algunos recursos propios de la poesía en este cuento. Pero antes podemos preguntarnos ¿este lirismo nos habla sólo del estilo, de “la nueva manera” que la autora estaba buscando? Podemos pensar que es así ya que se encuentra concentrado también en otro de los cuentos que persiguen este espíritu: “Vapor en el espejo”. Pero podemos pensar que no, o no solamente, si lo relacionamos con los elementos que se suceden dentro de esta historia de solitarios.

El personaje que le da título al cuento es Alberto Frin, un solitario y un poeta, que se junta con otros solitarios sin que el hecho de estar acompañados les haga perder esta característica intrínseca, inmanente. Para saber que Alberto será nuestro personaje tenemos que leer varios párrafos en los que nuestro narrador deambula entre los otro solitarios que confluyen en el restaurante de don Pino. Allí conoceremos también a Teresina, directora de escuela y a don Emilio, encargado de la contabilidad del local y de la música que lo ambientaba consagrándose fervientemente a sus discos. Y aunque cualquiera de ellos serían candidatos a protagonistas es con Alberto con quien nos quedamos después de conocer algunos detalles de cada existencia.

El derrotero que nuestro narrador hace hasta centrarse en Alberto, ese amague de quedarse con un personaje para luego pasar al que sigue, es similar al recorrido que Alberto Frin se verá obligado a hacer tras el cierre del restaurante de don Pino. Situación que rompe con una cómoda estabilidad y arroja al protagonista al bar Moreiro. En esta búsqueda y reconocimiento vamos leyendo ciertos pasajes que cobran una densidad poética, frases exquisitas y sofisticadas que generan imágenes y percepciones determinadas, nunca azarosas ni descuidadas, que condicen con el espíritu de Alberto, con esa rebeldía ante la vulgaridad que suele significar la vocación de anacoreta (p.392), es decir que bien podrían haber sido escritas por él. Una de ellas, es la que cierra el apartado dedicado a Emilio: Murió en la primavera que le siguió al cambio de dueño, sus discos ordenados en álbumes cerca de la cama (p.386) Despojado de todo aquello que le daba sentido a sus últimos treinta años de vida, el hombre permanece sin renunciar a su último bastión de lucha, de los discos que nunca había consentido desprenderse, todo manifestado en una frase que parece ser dos platillos de una balanza en equilibrio. Otro caso es la forma en que encontramos presentada la velada final: En la vereda estaba el aire de la noche. Clima de triunfo y omnipresencia, con todo lo que la noche implicaba para este grupo de solitarios que encontraba en ella refugio y excusa. Frases sutiles que trasmiten una idea, un clima desde la menos pretensiosa combinación de elementos.

Nos encontramos así ante lo que será uno de los tonos que tomará el relato: en este primer caso el lírico. Junto con Robert Staton entenderemos como tono a “la actitud emocional del autor tal como se da en el relato …El tono de una obra se establece en parte por los acontecimientos … pero más importante es la elección que hace el autor de los detalles al presentar estos hechos” (1969, p.63) Veremos entonces el bosquejo de otros tipos de tonalidades que con distintos trazos irán dibujando un mapa emocional en el cuento para que tanto los personajes, como las situaciones y los ambientes se recubran de matices diferentes según el momento en que estemos, según el tema, y sobre todo según el modo en que se pretende que sea percibido ese fragmento de narración.

Algunas otras expresiones mantienen el espíritu lírico y cobran también el tono de sentencias universales, esas verdades indiscutibles que se presentan como definitivas, especie de aforismos que encierran en ellos una propuesta poética: “ Amor, no otra cosa, daban y le habían dado, esa leche del alma” (p.387) para referirse sin caer en lo melodramático al vínculo con los mozos del restaurante, de lo que también se desprende el humor: “El humorismo, encarnación de la inmortalidad humana” (p. 387) . Reflexiones sobre el solitario y su percepción: “Inmovilidad. El hombre que renuncia al movimiento verá moverse el mundo” (p.390). Y una de las más resonantes: “Hay gente de diversas clases. Cavadores, trepadores, soñadores” (p.392) , especie de enumeración caótica sumamente breve que define formas de entender la existencia, que busca generar la idea de serie a partir de un juego fonético totalmente opuesto a la amplitud que habilita contenido semántico que cada palabra conlleva. Todas estas, si bien a cargo de la voz narradora, podrían también provenir de un espíritu excepcional como Alberto, podrían ser algunas de sus expresiones, de las que, por cierto, no escuchamos ninguna a lo largo de todo el cuento.

Otro de los tonos que podemos rescatar es aquel que pretende cierto didactismo al recubrirse con definiciones o explicaciones, pero que no se despega de la búsqueda, de la experimentación, poética. Con ello nos encontramos en el inicio tautológico del cuento: “ La vida de un solitario es exactamente eso: la vida de un solitario” (p.385) , como si no hubiera mucho para decir en una clara contradicción con lo que el cuento viene a ser y tras una breve digresión se nos define claramente lo que es un solitario:

“Un ser que sólo puede vivir solo, y que si bien se vuelve cada vez menos comprensible para sí, está más cómodo. Cómodo en un sentido restricto. Un náufrago que se familiariza con el tablón que lo sostiene, reducido a astillas pero con cierto matiz de hospitalidad, o al menos de interpenetración mutua. Un solitario”. (p.385)

Nuevamente podemos asemejar esta forma de expresarse a la que pudiera provenir de un personaje como Alberto, sumamente cuidada, fina y detallada.

Lo que sí le podemos atribuir por completo al narrador es la responsabilidad de un modo de enunciación que por momento busca asemejarse a la oralidad con puntos seguidos que generan oraciones unimembres (o con predicados no verbales), que fácilmente podrían acomodarse con la precedente, pero no lo hacen para dar el énfasis o detener allí la atención tal como se hace con inflexiones o cambios de voz. Oraciones que al leerse en voz alta parecen formar parte de la misma por la necesaria contigüidad que exigen sus contenidos, pero que sin embargo hay que separar para darle su pausa, su tiempo, su fuerza. “ Allí se tejía la tela del amor. Ni más ni menos. Cada almuerzo, cada mediodía” (p.387) “Corregía pruebas, traducía, escribía reseñas de libros. Pero en su casa.” (p.388) “Los mozos de Pino con sus sacos blancos y sus idiosincrasias eran esenciales para Frin. Lo habían sido a través de los años. Un factor educativo. Medicinal.” (p.387) “Frin era una joya. Un honor y un regalo. No en forma explícita. Ni siquiera en sus mentes.” (p. 394) “Un hombre enorme. Inclinado sobre el estaño” (p.395)

Estos tonos, líricos por un momento y los de la oralidad cotidiana por otro, responden a la complejidad de espíritu que Alberto Frin manifiesta: “ Alberto Frin no era un alma sencilla” (p. 389) “Reducido a la vida común de los mortales comunes, como un insecto de antenas quemadas…” (p. 393) Un ser teñido de cultura que podía también hablar del descubrimiento de la ensalada de radicha en su relación con la cocina, o una indagación profunda sobre el puchero.

Conociendo ya esta diversidad que se complementa en los tonos del relato, podemos advertirla en un uso particular: las comparaciones que a lo largo del texto aparecen diseminadas. Analizada como figura retórica, la comparación o símil es el realce de un pensamiento u objeto estableciendo comparaciones con otros, la taxonomía específica distingue las de igualdad, superioridad o inferioridad, breves o amplias, que no vienen al caso para nosotros. Sin embargo hay dos observaciones pertinentes: las que distingue las que son comparaciones entre cosas desemejantes en el género y entre las de visible parecido, es decir que se generarían emparejamientos que pueden ir de lo estereotipado a los de originalidad imprevisible. Sin duda son de este último tipo las que aparecen en el cuento que estamos trabajando. En estas comparaciones se puede ver la fuerza poética que cobra la relación de un espíritu delicado en un mundo material, emparejamiento que arroja una luz en la percepción de los fenómenos que evoca. Cuando comenzamos a saber qué implica ser un solitario se rescata la importancia de una especie de rutina pero no sólo de acciones sino también de ambientes, de sensaciones, y de lo que resulta “esperable”, la del solitario resulta ser “ una vida marcada por señales, hitos, presagios” (p. 385) y algunos de ellos son las perturbaciones “difícilmente aceptadas como azar” (p. 386) ; para completarnos la idea, la sensación de lo que esto significa para ellos se nos dice, en una oración aparte, sola (sabiendo ya la importancia de estas pausas no siempre exigidas desde el sentido) “ Son como palabras impresas en mayúscula” (p. 387) .

En otro momento para entender la actividad creadora de Alberto, que se incrementaba con la extensas caminatas en busca de un nuevo refugio, leemos: “ al caminar sus ideas empezaban a ponerse en marcha como locomotoras a carbón, echando chispas y copetes de humo, los poemas revoloteaban alrededor de su cabeza como una bufanda” (p. 389) Con fuerza, potencia, envoltura dentro de sí, deambulaba este hombre que pretendía no llamar demasiado la atención. Con sus “ pies alados” y su cabeza en ebullición recorría las calles sin conformarse con los bares más cercanos.

Así como sucedió en el restaurante de Pino, en el bar de Moreiro Alberto encontró hombres con quienes seguir siendo un solitario en compañía, y tal como se nos refirió en un principio, aquí también después de ciertas señales mínimas, de ciertos intercambios y complicidades, podemos tener la seguridad de que a su modo “ Eran amigos”. Por eso, para trasmitir el modo en que Alberto abandonaba cada noche el recinto leemos: “Cuando salía, su soledad lo esperaba como a otros su automóvil: privada pero ya no espléndida” (p. 394) Este solitario vuelve a su soledad pero habiendo pasado un momento con otros, habiendo reído y discutido del modo que los amigos pueden hacerlo. Esa amistad es lo que lo lleva a intervenir en el episodio final, cuando un intruso irrumpe en el bar reclamando algún asunto pendiente con uno de sus dueños, y tras ruidos violentos que amenazan con romper la atmósfera, y entre empujones (“ Algo que recordaba las avispas que arrastran una araña tres veces de su talla” (p. 395) y golpes “ se vio a Frin saltar a la vereda, limpiarle la sangre con su pañuelo murmurando “Bueno, bueno” como el domador al oso que se machucó una pata” (p. 395). Un modo de describir que recubre de ternura una acción que no se animaba a declararla.

Usualmente al lado de la comparación se ubica la metáfora, sin reparar en que, en realidad, son figuras de distinta naturaleza. Si bien ambas figuras afectan al plano semántico, la comparación (o símil) funciona por adición ya que al comparar se agrega a un elemento rasgos de otro (Bekes, 2005, p119), mientras que la metáfora lo hace por sustitución que le es propia a los tropos (García Barrientos, 1998, p. 52). Si bien las metáforas que aparecen en este cuento podrían ser fácilmente transformadas en comparaciones explícitas, la pureza que conllevan demanda una atención particular, ya que son pequeñas islas que aparecen en el medio de pasajes informativos, o relatos de acciones cotidianas. Si bien no repararemos en todas ellas, las que resultaron seleccionadas lo fueron por la belleza que se encuentra la imagen que evocan. Cuando empezamos a leer nos encontramos en el restaurante de don Pino y allí conocemos la disposición de los tres solitarios que allí concurren: Emilio de un lado del mostrador y Alberto y Teresina del otro; Alberto y Teresina “dos monosílabos resueltos en un crucigrama recién empezado” (p. 385) . Sensación de vacío y soledad que se aúnan en un disparo contundente al entendimiento del lector. Cuando avanzamos con la lectura y ya sabemos que es a Alberto a quien seguiremos a lo largo del relato, se lo define: “ Alberto Frin era la cuerda en tensión de un instrumento que vibra. Sonidos interrelacionados lo sometían a vibraciones siempre excesivas” (p. 392) Inmediatamente se nos pasa a contar esta especie de “desajustes” que había entre ciertos estímulos y las reacciones que provocaban en Alberto, cómo se emocionaba hasta las lágrimas con una revelación espiritual, cómo interpretaba intensamente signos dispares, cómo estaba sumido en cierta incomprensión que reflejaba en sus poemas, y cómo alternaba ente felicidades, cóleras y enigmas. Sin embargo el párrafo no produce el mismo efecto que aquella figura con el que inicia, aún cuando lo que pretende es explicarla, desarrollarla. La forma en que entendemos el carácter, la personalidad o la esencia de Alberto está íntimamente premoldeada por esta metáfora, que bien podría subsistir sin el desarrollo posterior, pero de darse el caso inverso la aprehensión de Frin sería un tanto más limitada. La última de estas metáforas en la que nos detendremos es una frase que por la presencia del conector “como” podría fácilmente ubicarse entre las comparaciones, sin embargo, el hecho de que necesite múltiple sustituciones de lo que se dice por lo que evoca hace que la tentación de considerarla metáfora triunfe y resulte ser una de las más ricas y significativas del cuento: ya en el segundo bar y con algunos lazos establecidos con Diógenes, Alberto se permite no coincidir con él “ su totalitarismo de anacoreta aceptó la posibilidad de discrepancias. Río. Fue como si hubiera caído una moneda en la alcancía de la fe en la humanidad” (p. 393) algo que nos trae a la memoria lo que conocimos brevemente del primer bar y sobre todo de los mozos “Aquellos habían sido las nodrizas de una sed siempre excesiva, violentamente disimulada. Las fuentes, secretas, por recónditas vías, de un apaciguamiento espiritual” (p. 387) La esperanza, nunca admitida, se renueva, el tablón que sostiene al náufrago se mantiene a flote y lejos de astillarse se vuelve más sólido, no para llevar a alguien más sobre sí, porque así se perdería la condición de solitario, que es lo que aquí en realidad se está afirmando. Alfredo, como Diógenes, son solitarios pero no por no tener compañía, son solitarios por elección, incluso son dos solitarios que se juntan, se reúnen y comparten sabiendo que por eso ninguno dejará de serlo, conformes y tranquilos con eso se disponen a las veladas en el bar. Parece ser que es en el humor, en la risa, donde estos seres se encuentran, del mismo modo que sucederá al final del cuento y donde sabemos que a partir de allí “ algo estaba empezando” (p.396) .

Así con el recorrido entre los tonos, las comparaciones y las metáforas, hemos podido acercarnos a lo que es el estilo de Sara Gallardo, que como Robert Staton define, se apariencia en la “complejidad, ritmo, longitud de las oraciones, sutileza, humor, lo concreto de su vocabulario, el número y clases de las imágenes y metáforas. La combinación particular de tales cualidades, en cada obra, constituiría el estilo” (1969, p.61)

 

Para finalizar quisiera detenerme en un procedimiento que tiene puntos en contactos con la metáfora: la alegoría. Entendida como una metáfora continuada o una cadena de metáforas correlativas, la alegoría también aparece en este cuento para dar unidad a los distintos momentos, con sus emociones nunca explícitas, que el personaje va atravesando, y en los que el narrador logra, con el mecanismo de la alegoría, meterse en lo más profundo de Alberto, como lo venía haciendo con las breves y tímidas intromisiones líricas en la narración.

“Ahora hay que imaginar el agua en movimiento, el turbio espejo con remolinos, por lo común poco visibles, que constituyen la vida. Agua. ¿qué es el agua aparentemente inmóvil y a la vez viva para una banda de turistas, agitados, con sombrillas, termos, trajes de baño? ¿Cómo mira esta banda? Qué ve en el agua. El pescador, ojo en el hilo, callado mientras el rocío de la orilla deja sitio al solo, y la sombra da vuelta al tronco y salen las estrellas, sí nota el tono de la corriente. Sus aspectos, la palpitación en la fluidez, la falsa transparencia, un movimiento en torno a un madero, el salpicar tienen sentido para él. No sólo para él. Existen en sí mismos. Y son invisibles para los turistas. Esa onda fue para Frin el anuncio de don Pino: una apariencia llena de noticias. Que le incumbían.” (p. 387)

Quizás lo que se pretende de este modo es ilustrar y transmitir la conexión vital que Alberto mantenía con el restaurante que pronto tendrá que abandonar, se identifica más con el pescador que obtiene del agua su medio y modo de vida, que la entiende e interpreta, que con los turistas aleatorios que la visitan, la usan y se alejan sin comprenderla en su complejidad.

“Así, conducido por las fibras del agua como el corcho del pescador al soltarse va boyando y es llevado a otras temperaturas y velocidades sufriendo transformaciones en su ser, así Alberto Frin fue llevado a través de la melancolía, el cansancio físico y el cierre del restaurante de Pino a buscar sustento espiritual en el bar de Moreiro” (p. 389)

Se puede entender esto como el sentimiento que se genera al verse arrojado a la deriva, sin rumbo, insignificante y liviano, empujado por esa fuerza que ya no está contenida sino que se dispersa en busca de un nuevo recipiente al cual amoldarse.

 

“Un café, unos alcoholes eran pretexto para la detención en las aguas trémulas de la quietud, en la luz de neón, leyendo un diario vespertino, charlando con un vecino de mesa. En ese claroscuro las almas flotaban, expandiéndose como algas, y refluían para irse con sus dueños, a la hora de dormir, alimentadas por esos tratos laterales con el género humano”. (p.390)

Ya en un nuevo reciento el agua es lo que cubre todo, el medio natural que habilita la imagen de las almas como algas que se desplazan no muy lejos de sus dueños, que bailan al son de una marea que a fin de cuentas se tranquiliza para que cada una vuelva a dónde pertenece sin haber establecido contactos demasiado comprometidos ni arriesgados.

“Corriente del agua. Chispeando entre las piedras con resonancias. Una conformación del terreno la detiene de pronto. Vemos la agilidad del elemento que resplandece, sus ondas impregnadas de oxígeno aplanarse en un remanso circular. Remanso. Parece turbio en relación con la corriente que lo alimenta y que es él mismo. Ningún observador reconoce con facilidad la helada esencia de las cordilleras en su transformación. Lo libre, lo puro, adquiere una turbiedad como imbuida de otras vidas, parentesco con la descomposición. Un verdor empieza a verse, moviéndose dentro del ámbito desprovisto del delirio de oxígeno que traía en el camino. El agua no sabe qué le ocurre. Siente la muerte en sí. El pulular de la reproducción aprovecha la ausencia de frío y de envión para instalarse. El agua aprisionada, detenida y turbia acepta. Una película de infelicidad la recubre. No protesta. Siente la muerte. Se resigna al no movimiento, al no viento, a la no embriaguez. Chapotea dulcemente contra los bordes, y nadie nota su sufrimiento, su desconcierto. Así Alberto Frin chapoteaba contra las orillas, en el bar de Moreiro, y las orillas, esas piedras y plantas que lo habían visto en su figura de corriente entrando, bebiendo, saliendo, con la fisonomía transfigurada, los ojos con resplandor de cristal, el paso más relacionado con el aire que con la vereda, ahora recibían la suavidad de su chapoteo…” (p. 393)

Quizás sea este el momento más complejo y rico del relato. La crítica ve allí concentrada la alusión directa a Héctor Murena que según la autora inspiró todo el cuento . Murena fue el segundo esposo de Sara Gallardo, y su muerte la arrojó a la desolación y a la abdicación casi total de su escritura . Sin embargo manteniéndonos dentro de los límites del cuento podemos ver aquí condensado el espíritu y los avatares de Alberto Frin: una fuerza que se va debilitando, una luz que se paga, un agua que deja de correr y que sin dejar de ser lo que es, se transforma aunque se sabe que no podrá permanecer mucho tiempo sin cambiar definitivamente, sin desaparecer (ahí la complejidad del pasaje, y en síntesis, del personaje). El verdor como anuncio de la podredumbre, aparece lo turbio e inevitablemente la palabra muerte. Lo desconocido y lo sentido: lo que se conoce no en sí mismo sino por sus señas, sus anuncios, a los que este ser era tan sensible. El espíritu se instala, se resigna, formas a las que se recurre para evitar lo fuerte que sonaría decir “se estanca” bajo una apariencia de vida que nada tiene que ver con el esplendor que le conocieron.

Como puede verse estos fragmentos representan casi todos los núcleos del relato, los disparadores y las nuevas acciones que vienen a ligarse. Desde la noticia del cierre del restaurante de don Pino, el deambular de Alberto, su arribo al bar de Moreiro, una especie de decadencia que siente allí, un abandono de lo que se era para conformarse con lo que se es. Sin embargo la alegoría se abandona cuando nos acercamos al final. La oscuridad, la podredumbre, el yermo, dan paso en esta última caminata al comienzo de un poema, a la pluma del ala de los dioses que Alberto puede alcanzar sólo cuando logra nuevamente despegarse del suelo.

 

 

Referencias Bibliográficas:

•  BEKES, Alejandro (2005) Breviario filológico. Términos usuales en lingüística y teoría literaria. Entre Ríos: UNER.

•  BRIZUELA, Leopoldo (2004) Escrito en llamas. Disponible en: http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/libros/10-881-2004-01-04.html

•  GALLARDO, Sara (2004) Narrativa breve completa. Buenos Aires: Emecé.

•  GARCIA BARRIENTOS, José Luis (1998) Las figuras retóricas. El lenguaje literario 2. Madrid: Arco Libros.

•  STANTON, Robert (1969) Introducción a la narrativa. Buenos Aires: Carlos Pérez Editor

•  VALENZUELA, Luisa (2003) Yo de perros no sé nada. Fe de ratas. [Revista electrónica] disponible en http://www.federata.com.ar/23_tema_lv.htm

•  Sara gallardo frente a Sara Gallardo. Revista La Nación, 11 de septiembre de 1977. (2011, Septiembre) Disponible en http://www.federata.com.ar/23_tema_lv.htm

 

 

Para este trabajo usaremos la edición Emecé, “Sara Gallardo. Narrativa breve completa” 2004. Todas las referencias al cuento indicarán las páginas de esa edición.

Escrito en llamas en Página 12, 10-01-04

“ ¿Cuentos? ¿Un nuevo camino?
-   Sí y no. Siempre he escrito cuentos. Ahora esto planeando un nuevo libro a partir de un cuento titulado El solitario, inspirado en Héctor Murena. Quiero buscar un estilo más fluido, más flexible, apropiado para contar cosas muy sutiles. Quiero hacer los retratos de los artistas poco conocidos, la vida de esos poetas solitarios, apagados, que trabajan en las redacciones de los diarios.” ” YO DE PERROS NO SÉ NADA” Por Luisa Valenzuela disponible en http://www.federata.com.ar/23_tema_lv.htm

“SIMIL: comparación que se establece entre seres animados e inanimados, o entre conductas y sucesos, etc. cuando se extraen de uno de ellos los aspectos semejantes a los del otro” BEKES, Alejandro. Breviario filológico. Términos usuales en lingüística y teoría literaria. UNER. Entre Ríos, 2005, 119

“…los tropos consisten en la sustitución por otro del significado de una palabra o enunciado para lograr <<mayor expresión>>. Las traslaciones semánticas se producen en el marco de las relaciones que contraen los significados lingüísticos y también los referentes, y responden a maneras particulares –y con frecuencia- reveldoras- de percibir las conexiones entre lengua, pensamiento y realidad. La sustitución implica dos significados y, en ese sentido, dos términos, el propio (sustituido) y el impropio (tropo), que debe ser más significativo que aquél” GARCIA BARRIENTOS, José Luis. Las figuras retóricas. El lenguaje literario 2. Arco Libros. Madrid 1998 .

“ El protagonista de   Un solitario , casi ni es preciso que lo aclare, me fue inspirado por la figura de Murena. Es un hombre que lentamente se va hundiendo en la soledad, pero que necesita mantener un hilo de comunicación con los otros. Ese débil hilo lo encuentra primero en un restaurante, después en un café donde halla una camaradería viril con los parroquianos. Ese cuento lo leyó Murena antes de morir. No sé cómo pude dárselo a leer. Yo sabía que él estaba muy enfermo, él también lo sabía, pero yo me obstinaba en negarlo, en darle a leer esas páginas en las que refiriéndome a la soledad digo, por ejemplo: “Tocaba su muerte en aquel silencio”. A Murena le gustó mi cuento. Era casi una profecía.   Un solitario   termina con una frase que es el resumen del relato, pero también el anuncio de algo: “Algo estaba empezando”. Lo que iba a empezar, lo que iba a pasar fue la muerte de Murena.” SARA GALLARDO FRENTE A SARA GALLARDO. Revista La Nación, 11 de septiembre de 1977. Disponible en http://www.federata.com.ar/23_tema_lv.htm

En el prólogo a su narrativa breve completa, Leopoldo Brizuela se pregunta: ¿Qué motivó el casi absoluto silencio literario de Sara Gallardo, después de la trágica muerte de Muren, a principios de 1975? Por supuesto, la frustración inevitable de que la literatura no puede hacer otra cosa con la muerte que intentar, eternamente, significarla” EMECÉ, 2004.